sábado, 1 de agosto de 2026

ESTÉTICA VICISITUDINARIA

 



ESTÉTICA VICISITUDINARIA

 

Se trata de la estética que nace por tras los ojos humanos, en el venero de la historia refrendada, de la vida experimentada, del pasado nunca ido del todo, de la comunión de las cosas del mundo con las sensaciones y el entendimiento. No exactamente de lo "susceptible de ser percibido por los sentidos", como define el Diccionario la etimología del vocablo "estética" (Corominas, 255), sino de la obra de los sentidos corporales mediante la percepción sensible.

            ¿Cuál es esa obra? La percepción nos da la composición del mundo, del entorno que habitamos, del espacio en que nos movemos. Es la obra de la percepción modelada por el entendimiento. Cada experiencia vivida dota al entendimiento de ciertas particularidades o perspectivas (orteguianas) que discriminan las impresiones según que adopten formas determinadas.

            Ahora bien, la obra propiamente dicha no es la obra que realizamos cada día con el fin de percatarnos de que somos, de que existimos, de que las cosas y los seres son y están ahí. Me refiero, en cambio, a lo que cada individuo humano recoge perceptualmente a lo largo de la vida, elegido, incorporado, asimilado y volcado en sí mismo y haciéndolo suyo. Esta vertiente perceptiva va a reforzar la percepción común y corriente, y también a consolidar la obra de la percepción estética, de la que enseguida me ocuparé.

            Después de dejar en claro que no hablo sólo de la función que los sentidos corporales realizan cada vez que miramos, oímos, tocamos, etcétera, que se trata también de cada una de las veces en que esa función sensitiva se ha cumplido de manera no automática y a plena conciencia a lo largo de la vida, y que, además, produce una reacción de carácter subjetivo, emotivo o conmovedor al enfrentar cierta clase especial de composiciones que presenta la apariencia.

            Asiste la razón a Ortega y Gasset cuando relaciona la imagen percibida con la localización en que tiene lugar. Pues cada composición es contemplada desde un punto de vista determinado (Ortega, 1964, 187). Y el punto de vista determinado, cuando se trata de la imagen estética, no está sólo en los ojos, sino especialmente en el historial de los ojos. Quiero decir, en la historia de las imágenes por ellos percibidas en el correr de la vida. Está en el largo periplo por el cual una impresión se vuelve impresión de alguien, de la conciencia de alguien, enriqueciendo el entendimiento, la facultad de percibir de parte de un cierto individuo.

            Al intervenir la experiencia perceptiva el individuo hace propio el entendimiento de la imagen, de manera semejante a como se hacen propias las habilidades manuales e intelectuales y las diversas facultades y desempeños especializados. Se produce una fulguración de muchas de las imágenes recogidas, aquellas que fueron distinguidas por los mecanismos selectores de la imaginación y la memoria.

            La sensibilidad estética no se ocupa sólo con el material inmediato que elabora la central nerviosa del organismo. En la experiencia de vida intervienen pautas que obran sobre la actualidad de la percepción y que se originan en el mismo acontecer de su historia. Esas pautas modelan la información recibida de acuerdo con diversidad de condiciones en diferentes circunstancias.

            La perspectiva espaciotemporal no es sólo la que dictamina el orden final de la figuración estética. Interviene el acervo del pasado con la experiencia anterior. Esta propiedad histórico personal es la que permite establecer una diferencia –generalmente de grado– entre los sentimientos estéticos y los que provocan los hechos comunes, así como las motivaciones morales o los recuerdos. Todos quedan tocados de alguna manera por las imprimaciones de las circunstancias biográficas y especialmente por las que guardan relaciones de afinamiento de la sensibilidad y superación perceptiva. Hasta aquí he planteado someramente los fundamentos de la estética vicisitudinaria. Ahora es preciso que me ocupe de las composiciones de la percepción.

 

2

 

Lo percibido por los sentidos llega al cerebro munido de ciertas configuraciones, que he llamado composiciones, que responden al reconocimiento. No hay percepción clara sin un inmediato relacionamiento con lo ya percibido y sabido –o sentido como afección. La señal que no obtiene enseguida su correspondencia con el saber consolidado, o su respuesta en el orden de los sentimientos, es clasificada como desconocida, enigma o misterio, y se pone en espera o suspenso. Así, por ejemplo, cuando oímos un ruido cuya causa no identificamos ni un origen posible.

            Las composiciones responden a las necesidades de la intelección, es decir, a la asimilación respecto a ciertos órdenes según los cuales las cosas pueden ser conocidas. Esto es, órdenes que nos parecen normales, los de siempre, familiares o esperables. No reconoceríamos un árbol, por ejemplo, si la percepción no lo dispusiera a partir de un tronco y siguiendo una distribución en ramas y hojas y que guarde cierta simetría o armonía.

            La composición se basa en la coherencia de las diversas partes que intervienen en la percepción. Puede tratarse de la percepción de un conjunto indiviso, pero enseguida pasará a ser desmenuzado por el intelecto con el fin de reconocerlo. No es sino la relación que se da entre ellas y de acuerdo con una pauta que se repite en sus conexiones. Composición no es otra cosa que obra, producción, realización con forma y a veces contenido determinados. Y labor, movimiento o movilidad que implica cambios.

            A una masa de información captada por los sentidos aplicamos los movimientos precisos que la desmenuzan en partes, conectan siguiendo ciertas pautas de organización –que nacen en la misma experiencia– y que responden a ciertas lógicas del sentido y que desembocan en una configuración o composición.

            La obra responde siempre a un sentido determinado, y digo sentido ahora en cuanto razón de ser, orientación de la existencia, finalidad, designio o propósito. Es lo que distingue la obra, lo que establece la naturaleza de la composición. En cuanto a lo estético, el sentido nace de pautas de conexión que resultan agradables o que infunden en la composición la capacidad de transmitir un mensaje que la trasciende. O que crea otra composición mental dispuesta ahora vagamente y que pude penetrar en lo más hondo de los sentimientos.

            Sería otra especie de composición animada de otra clase de movimiento que, sin embargo, se sigue del movimiento de la primera. Y que, básicamente, es el movimiento de la alegoría y de la metáfora. Una composición que toma el lugar de la original, fiel a la apariencia, pero que modifica la disposición de sus partes para adaptarse a un fin distinto y muy propio que consiste en conmover o mover los sentimientos.

            Esto no es más que cambiar el sentido de la composición perceptual por el sentido de la composición estética. Por ejemplo, si se tratara de la información provenientes de una pintura u obra de arte, el sentido inicial de mera transmisión por el sentido físico de la visión cambiaría, dadas sus conexiones iniciales, hasta convertirse en el mensaje cuyo sentido ahora es el de las emociones y sentimientos. No quiere decir que una obra de arte sea la sola fuente por la que puede cambiar de composición. También puede realizar el cambio otro tipo de fuente perceptiva, un motivo de alegría o de tristeza cualquiera. El sentido estético, en cambio, es el que mueve o conmueve los sentimientos con una nota de superación en valor respecto al resto de los posibles sentidos.

            Una nota por la que se traspasan los límites del conocimiento hasta alcanzar su superación o superar su alcance y enjundia, su peso para la vida afectiva, su trascendencia. En suma, su importancia para el espíritu, no sólo para el saber o conocimiento práctico. Con esto nace la noción de valor estético, un valor siempre subjetivo, aunque desde luego pueda compartirse.

 

3

 

Entendido el concepto de comprensión como obra que realiza el cerebro (o mente) con el material original captado por la percepción, resta ahora retomar esta breve discusión en lo que concierne a las raíces históricas de la actividad individual que están tras las composiciones estéticas. Entiendo que tales raíces están en la base de la estética entendida desde un punto de vista vécico o vicisitudinario.

            Como vimos más arriba, la sensibilidad estética no se ocupa sólo con la información inmediata que se transmite, por ejemplo, desde los sensores de las extremidades hacia el encéfalo. El sistema nervioso cuenta con la posibilidad de asociar pautas y pautas, unas ya asimiladas que continúan activas y otras activándose en las circunstancias presentes.

            Sería de esperar que este fenómeno se atribuyera a una simple superposición, mezcla, combinación o acumulación de datos articulados y articulándose como una sumatoria de elaboración psíquica –y, aun, asociarse a la actividad de la memoria de largo plazo. Sin embargo, no parece resultar una suma de vertientes perceptivas ni de una simple síntesis de todas ellas y que convergerían para desembocar en la composición final.

            En general, el secreto del conocimiento humano en actividad es más el resultado de la selección que el de la acumulación. Procura siempre quedarse con lo selecto, y lo selecto es fundamentalmente aquello que le ha proporcionado ciertas garantías de confiabilidad. O, en otras palabras, de verdad. Se maneja siempre con lo más confiable, y lo más confiable es lo que se ha confirmado en la experiencia personal, aunque pueda ser una confianza relativa o provisoria, porque, antes que nada, el hombre ensaya, y ensaya incluso con la verdad.

            ¿Cómo funciona lo selecto? No se acumula en un mar de memorias cualesquiera, para surgir desde la profundidad después y en la superficie asistir al conocimiento. Es del todo claro que lo selecto se integra al saber y al ámbito de los fenómenos psíquicos a medida que cumple con las solicitudes de todo tipo imprescindibles para que la inteligencia supere las dificultades vividas, resuelva los problemas y revele los misterios. No para que cada respuesta concreta se guarde en un cajón de la memoria, sino para que las pautas que conectan las diversas partes y relaciones de la composición se integren como pautas a disposición de la inteligencia en una situación cualquiera.

            Diría que se trata de facultades, de habilidades, términos que forman otras composiciones que, por cierto, no se suman –aunque puedan hacerlo–, sino que sustituyen a las pautas que no producen composiciones confiables.

            Las pautas estéticas que se integran desde la experiencia histórica cumplen con una clase especial de solicitudes: aquellas de las que pueden resultar respuestas confiables por el valor, no tanto por la verdad. Por una especie de confianza que se remite al espíritu más que al saber, y que trasciende la importancia de la información inmediata –que se adquiere por la experiencia de vida. Tal adquisición no es exactamente la que emerge de la resolución de problemas sino de las inquietudes y conmociones afectivas y de los problemas y misterios de la subjetividad profunda.

            Para entonces se activan las configuraciones de una estética vicisitudinaria. Una estética que nace por la meta percepción de un objeto o de un motivo que pertenece a la simple apariencia o composición real de los sentidos, de una obra de arte o de un signo o sistema de signos. Esto es, de un dato de la realidad –o de la ficción– que convoca lo percibido a un encuentro general en un plano eminentemente metafísico, plano que se apoya en la confiabilidad vicisitudinaria del valor. Es el valor que la subjetividad transmite a una composición transfigurada por la emoción inmediata y alimentada por la experiencia estética vicisitudinaria.


 4


Para terminar sólo hace falta una breve ampliación de lo que llamé sentido estético. Dije que este sentido mueve o conmueve los sentimientos, y agregaba que venía con él una nota de superación en valor.

            Pues bien, superación quiere decir aquí aumento en la capacidad de penetrar y de abarcar por parte de los sentimientos y respecto al estado anterior al enfrentamiento con la composición. Y digo en valor porque el sentido se relaciona con lo bello y no especialmente con la existencia, lo bueno o lo verdadero. 

            Pero lo bello es sólo una característica de la composición, una cualidad eventual o circunstancial que no define en su totalidad o cabalmente al sentido estético por su relativismo generalmente asociado a lo agradable. 

      El valor estético vicisitudinario guarda claras diferencias con el valor moral o ético y aun con lo bello. Nace en el compromiso vital por el que han arraigado fuertes lazos entre determinadas composiciones y estados de ánimo correlativos asociados a la angustia y al dolor, y no exclusivamente a lo agradable o a la belleza, impresiones no necesariamente vinculadas a la peripecia de vida. 

        El sentido estético vicisitudinario distingue claramente toda composición con valores éticos, de existencia o de verdad, de toda composición estética vicisitudinaria. Y también distingue el valor del arte de todo otro valor cuyo sentido apunte a la distracción y el entretenimiento, al de las costumbres y hábitos. Por lo que es el verdadero sentido que puede ayudar a distinguir valores en el ámbito general de la cultura. 


OBRAS CITADAS:

COROMINAS, Joan (1983). Diccionario etimológico de la lengua castellana, Madrid, Gredos.

ORTEGA Y GASSET, José (1964). La deshumanización del arte, Madrid, Revista de Occidente.

ESTÉTICA VICISITUDINARIA

  ESTÉTICA VICISITUDINARIA   Se trata de la estética que nace por tras los ojos humanos, en el venero de la historia refrendada, de la v...