ESTÉTICA VICISITUDINARIA
Se trata de la
estética que nace por tras los ojos humanos, en el venero de la historia
refrendada, de la vida experimentada, del pasado nunca ido del todo, de la
comunión de las cosas del mundo con las sensaciones y el entendimiento. No
exactamente de lo "susceptible de ser percibido por los sentidos",
como define el Diccionario la etimología del vocablo "estética"
(Corominas, 255), sino de la obra de los sentidos corporales mediante la
percepción sensible.
¿Cuál es esa obra? La percepción nos
da la composición del mundo, del entorno que habitamos, del espacio en que nos
movemos. Es la obra de la percepción modelada por el entendimiento. Cada
experiencia vivida dota al entendimiento de ciertas particularidades o
perspectivas (orteguianas) que discriminan las impresiones según que adopten formas
determinadas.
Ahora bien, la obra propiamente
dicha no es la obra que realizamos cada día con el fin de percatarnos de que
somos, de que existimos, de que las cosas y los seres son y están ahí. Me
refiero, en cambio, a lo que cada individuo humano recoge perceptualmente a lo
largo de la vida, elegido, incorporado, asimilado y volcado en sí mismo y haciéndolo
suyo. Esta vertiente perceptiva va a reforzar la percepción común y corriente,
y también a consolidar la obra de la percepción estética, de la que enseguida me
ocuparé.
Después de dejar en claro
que no hablo sólo de la función que los sentidos corporales realizan cada vez
que miramos, oímos, tocamos, etcétera, que se trata también de cada una de las
veces en que esa función sensitiva se ha cumplido de manera no automática y a plena
conciencia a lo largo de la vida, y que, además, produce una reacción de
carácter subjetivo, emotivo o conmovedor al enfrentar cierta clase especial de composiciones
que presenta la apariencia.
Asiste la razón a Ortega y
Gasset cuando relaciona la imagen percibida con la localización en que tiene
lugar. Pues cada composición es contemplada desde un punto de vista determinado
(Ortega, 1964, 187). Y el punto de vista determinado, cuando se trata de la
imagen estética, no está sólo en los ojos, sino especialmente en el historial
de los ojos. Quiero decir, en la historia de las imágenes por ellos percibidas
en el correr de la vida. Está en el largo periplo por el cual una impresión se
vuelve impresión de alguien, de la conciencia de alguien, enriqueciendo el
entendimiento, la facultad de percibir de parte de un cierto individuo.
Al intervenir la
experiencia perceptiva el individuo hace propio el entendimiento de la imagen,
de manera semejante a como se hacen propias las habilidades manuales e
intelectuales y las diversas facultades y desempeños especializados. Se produce
una fulguración de muchas de las imágenes recogidas, aquellas que fueron
distinguidas por los mecanismos selectores de la imaginación y la memoria.
La sensibilidad estética
no se ocupa sólo con el material inmediato que elabora la central nerviosa del
organismo. En la experiencia de vida intervienen pautas que obran sobre la
actualidad de la percepción y que se originan en el mismo acontecer de su historia.
Esas pautas modelan la información recibida de acuerdo con diversidad de condiciones
en diferentes circunstancias.
La perspectiva
espaciotemporal no es sólo la que dictamina el orden final de la figuración
estética. Interviene el acervo del pasado con la experiencia anterior. Esta propiedad
histórico personal es la que permite establecer una diferencia –generalmente de
grado– entre los sentimientos estéticos y los que provocan los hechos comunes,
así como las motivaciones morales o los recuerdos. Todos quedan tocados de
alguna manera por las imprimaciones de las circunstancias biográficas y
especialmente por las que guardan relaciones de afinamiento de la sensibilidad
y superación perceptiva. Hasta aquí he planteado someramente los fundamentos de
la estética vicisitudinaria. Ahora es preciso que me ocupe de las composiciones
de la percepción.
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Lo percibido por los sentidos llega al cerebro munido de ciertas
configuraciones, que he llamado composiciones, que responden al reconocimiento.
No hay percepción clara sin un inmediato relacionamiento con lo ya percibido y
sabido –o sentido como afección. La señal que no obtiene enseguida su
correspondencia con el saber consolidado, o su respuesta en el orden de los
sentimientos, es clasificada como desconocida, enigma o misterio, y se pone en
espera o suspenso. Así, por ejemplo, cuando oímos un ruido cuya causa no
identificamos ni un origen posible.
Las composiciones
responden a las necesidades de la intelección, es decir, a la asimilación
respecto a ciertos órdenes según los cuales las cosas pueden ser conocidas.
Esto es, órdenes que nos parecen normales, los de siempre, familiares o
esperables. No reconoceríamos un árbol, por ejemplo, si la percepción no lo
dispusiera a partir de un tronco y siguiendo una distribución en ramas y hojas
y que guarde cierta simetría o armonía.
La composición se basa en
la coherencia de las diversas partes que intervienen en la percepción. Puede
tratarse de la percepción de un conjunto indiviso, pero enseguida pasará a ser
desmenuzado por el intelecto con el fin de reconocerlo. No es sino la relación
que se da entre ellas y de acuerdo con una pauta que se repite en sus
conexiones. Composición no es otra cosa que obra, producción,
realización con forma y a veces contenido determinados. Y labor, movimiento o
movilidad que implica cambios.
A una masa de información
captada por los sentidos aplicamos los movimientos precisos que la desmenuzan
en partes, conectan siguiendo ciertas pautas de organización –que nacen en la
misma experiencia– y que responden a ciertas lógicas del sentido y que
desembocan en una configuración o composición.
La obra responde siempre a
un sentido determinado, y digo sentido ahora en cuanto razón de ser, orientación
de la existencia, finalidad, designio o propósito. Es lo que distingue la obra,
lo que establece la naturaleza de la composición. En cuanto a lo estético, el
sentido nace de pautas de conexión que resultan agradables o que infunden en la
composición la capacidad de transmitir un mensaje que la trasciende. O que crea
otra composición mental dispuesta ahora vagamente y que pude penetrar en lo más hondo de los sentimientos.
Sería otra especie de
composición animada de otra clase de movimiento que, sin embargo, se sigue del
movimiento de la primera. Y que, básicamente, es el movimiento de la alegoría y
de la metáfora. Una composición que toma el lugar de la original, fiel a la
apariencia, pero que modifica la disposición de sus partes para adaptarse a un
fin distinto y muy propio que consiste en conmover o mover los sentimientos.
Esto no es más que cambiar
el sentido de la composición perceptual por el sentido de la composición
estética. Por ejemplo, si se tratara de la información provenientes de una
pintura u obra de arte, el sentido inicial de mera transmisión por el sentido
físico de la visión cambiaría, dadas sus conexiones iniciales, hasta
convertirse en el mensaje cuyo sentido ahora es el de las emociones y
sentimientos. No quiere decir que una obra de arte sea la sola fuente
por la que puede cambiar de composición. También puede realizar el cambio otro
tipo de fuente perceptiva, un motivo de alegría o de tristeza cualquiera. El
sentido estético, en cambio, es el que mueve o conmueve los sentimientos con
una nota de superación en valor respecto al resto de los posibles
sentidos.
Una nota por la que se
traspasan los límites del conocimiento hasta alcanzar su superación o superar
su alcance y enjundia, su peso para la vida afectiva, su trascendencia. En
suma, su importancia para el espíritu, no sólo para el saber o conocimiento
práctico. Con esto nace la noción de valor estético, un valor siempre
subjetivo, aunque desde luego pueda compartirse.
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Entendido el concepto de comprensión como obra que realiza el cerebro (o
mente) con el material original captado por la percepción, resta ahora retomar
esta breve discusión en lo que concierne a las raíces históricas de la
actividad individual que están tras las composiciones estéticas. Entiendo que tales
raíces están en la base de la estética entendida desde un punto de vista vécico
o vicisitudinario.
Como vimos más arriba, la
sensibilidad estética no se ocupa sólo con la información inmediata que se transmite,
por ejemplo, desde los sensores de las extremidades hacia el encéfalo. El
sistema nervioso cuenta con la posibilidad de asociar pautas y pautas, unas ya
asimiladas que continúan activas y otras activándose en las circunstancias
presentes.
Sería de esperar que este
fenómeno se atribuyera a una simple superposición, mezcla, combinación o
acumulación de datos articulados y articulándose como una sumatoria de
elaboración psíquica –y, aun, asociarse a la actividad de la memoria de largo
plazo. Sin embargo, no parece resultar una suma de vertientes perceptivas ni de
una simple síntesis de todas ellas y que convergerían para desembocar en la composición
final.
En general, el secreto del
conocimiento humano en actividad es más el resultado de la selección que el de la
acumulación. Procura siempre quedarse con lo selecto, y lo selecto es
fundamentalmente aquello que le ha proporcionado ciertas garantías de
confiabilidad. O, en otras palabras, de verdad. Se maneja siempre con lo más
confiable, y lo más confiable es lo que se ha confirmado en la experiencia
personal, aunque pueda ser una confianza relativa o provisoria, porque, antes que
nada, el hombre ensaya, y ensaya incluso con la verdad.
¿Cómo funciona lo selecto?
No se acumula en un mar de memorias cualesquiera, para surgir
desde la profundidad después y en la superficie asistir al conocimiento. Es del
todo claro que lo selecto se integra al saber y al ámbito de los fenómenos
psíquicos a medida que cumple con las solicitudes de todo tipo imprescindibles
para que la inteligencia supere las dificultades vividas, resuelva los
problemas y revele los misterios. No para que cada respuesta concreta se guarde
en un cajón de la memoria, sino para que las pautas que conectan las diversas partes
y relaciones de la composición se integren como pautas a disposición de la
inteligencia en una situación cualquiera.
Diría que se trata de
facultades, de habilidades, términos que forman otras composiciones que, por
cierto, no se suman –aunque puedan hacerlo–, sino que sustituyen a las pautas
que no producen composiciones confiables.
Las pautas estéticas que
se integran desde la experiencia histórica cumplen con una clase especial de
solicitudes: aquellas de las que pueden resultar respuestas confiables por el
valor, no tanto por la verdad. Por una especie de confianza que se remite
al espíritu más que al saber, y que trasciende la importancia de la información
inmediata –que se adquiere por la experiencia de vida. Tal adquisición no es exactamente
la que emerge de la resolución de problemas sino de las inquietudes y
conmociones afectivas y de los problemas y misterios de la subjetividad
profunda.
Para entonces se activan las configuraciones de una estética vicisitudinaria. Una estética que nace por la meta percepción de un objeto o de un motivo que pertenece a la simple apariencia o composición real de los sentidos, de una obra de arte o de un signo o sistema de signos. Esto es, de un dato de la realidad –o de la ficción– que convoca lo percibido a un encuentro general en un plano eminentemente metafísico, plano que se apoya en la confiabilidad vicisitudinaria del valor. Es el valor que la subjetividad transmite a una composición transfigurada por la emoción inmediata y alimentada por la experiencia estética vicisitudinaria.


