El análisis vécico es el estudio de la inteligencia en su relación con la historia personal, la experiencia vicisitudinaria y el papel que juega la subjetividad en el saber común y corriente y en el desarrollo de la personalidad. Se detallan a continuación algunos conceptos o categorías que guían la investigación, consideradas como cuencos que pueden llenarse con el contenido que sea, por lo que se consideran guías sincategoremáticas del análisis vécico.
GUÍAS SINCATEGOREMÁTICAS
1. La prioridad en el análisis vécico es la corporeidad, que se destaca frente a la noción tradicional de materialidad. No sabemos a ciencia cierta qué es la materia, pero sabemos qué es el cuerpo, orgánico o inorgánico. En la teoría vécica es lo palpable, sensitivo y espaciotemporal dentro de una escala de grados en un campo de posibilidades en que se vuelve notoria la existencia para los sentidos humanos.
Aunque
desconocemos dónde empieza y dónde termina ese campo, conocemos algunos límites
mediante la aplicación de la conciencia, aunque se pierdan en la inconciencia o
en la imposibilidad de lograr un grado de corporeidad mínimo. El cuerpo total es
una señal que indica una realidad que no es posible comprender por los sentidos
y que permanece fuera del alcance de la razón. Es la realidad que está
haciéndose y cuyas chispas son el espacio y el tiempo.
2.
Sigue a la corporeidad el testimonio, que la teoría prefiere considerar
antes que la definición o el relato. No se alcanza el conocimiento de la
persona si sólo se apela al desarrollo cronológico, a las conductas, al sólo
resultado del intelecto. Sólo es posible aproximarse al conocimiento
respondiendo según lo sugiera la experiencia de vida. Pues el humano no es un
relato ni una descripción, sino un hecho concreto que abarca su entera
existencia. Así, la persona es el
testimonio de esa existencia entera, la prueba concreta de una experiencia de
vida.
3.
Un concepto clave es la vecidad frente a la noción tradicional de historicidad.
Carece de sentido considerar el ser histórico del hombre cuando sabemos que lo
humano no se despliega en el tiempo sino en la acción, en el actuar concreto en
cualquier tiempo y lugar, por lo que la teoría prefiere hablar de vez y no de
momento, y de entorno o de mundo personal antes que de espacio. La acción,
además, no es sólo acto, conducta o movimiento sino, en términos muy generales
y reales, transformación constante, modificación permanente. No sólo tránsito
de un presente visible a un pasado invisible, sino cambio sin discontinuidades
ni interrupciones. Lo decisivo en el cambio es el encuentro con las
imposiciones del entorno, ante la cuales es preciso reaccionar, dar respuestas,
y convertir lo inconveniente en conveniente.
4.
Aparece enseguida lo cultural frente a lo político y económico. Lo
político y lo económico se miden en términos cuantitativos con el fin de fijar
metas y elaborar modelos de acción. Pero de estos términos resultan sólo aproximaciones
y con frecuencia equívocas o desviadas. En el fondo, lo político es más bien la
respuesta ante el sentir de una supuesta mayoría de individuos –o capa gruesa
de lo convivencial–, en tanto lo administrativo se ocupa de organizarla. Lo
económico, en general, depende de la voluntad de unos pocos hombres. De estas aproximaciones
y desviaciones, lo cultural aparece como el elemento fundamental que define y
dirige el destino de las personas.
5.
Una quinta señal sincategoremática es la política entendida como acción
espiritual, en directa oposición al concepto habitual como arte de gobernar
mediante el uso del poder público. Toda estrategia política se entiende como acto
de agradar a las masas o de satisfacer sus reclamos mediante métodos
imprácticos, de sugestión, postergación o desviación programada. Las soluciones
prácticas se remiten al dominio de la administración pública, especialmente al
ejercicio de resolver problemas infraestructurales y de la convivencia (salud,
seguridad, trabajo, necesidades primarias, derechos, etcétera).
6.
Muy importante para el análisis vécico es considerar las fuentes actuales del
ejercicio del poder. Hay una relación directa entre la fuente actual del poder,
que es o tiende a ser única, y la historia de cada una de las personas que
conviven en una colectividad dada, sea en el lugar que sea. Es una fuente
impersonal concentrada en el mercado tecnológico, ingente, invisible y ubicuo,
que ha resultado de las más recientes innovaciones por parte de un pequeño
grupo de personas que han desarrollado la tecnología con fines comerciales y
financieros. Esto significa el desplazamiento del anterior concepto de poder vinculado
al dinero, a las jerarquías sociales, al colonialismo forzado, a las invasiones
militares y a la explicación del hombre por el hombre.
El
mercado tecnológico actualmente carga con la responsabilidad de la invasión
cultural, que a su vez permite la invasión económica y política. Se trata de
una responsabilidad anónima, como la de algunas sociedades comerciales. El
derecho nacional y el derecho internacional no tienen demasiada jurisdicción al
respecto de sus actividades y metodologías, que son exclusivamente psicológicas
y culturales, ámbitos en los que es difícil establecer normas de derecho. Es un
mercado de responsabilidad indeterminada e innominable, aunque beneficie el lucro
de algunos sectores determinados y ubicables en un mapa virtual que escapa a la
atención pública en sus formas tradicionales.
Esta
guía del análisis queda fuera de y se enfrenta al tradicional empleo de las
metodologías socialistas, reformistas o revolucionarias, inspiradas en el
marxismo, y, como ya se señaló, de las providencias del derecho comercial y del
derecho internacional, concebidos como ramas del derecho positivo clásico y del
concepto más reciente de derechos humanos.
7.
El cambio es una guía sincategoremática del análisis vécico determinado
por lo vicisitudinario y frente a lo cronológico y lineal. Es una señal diferente
a la de "paso del tiempo", a la cual se enfrenta. Se ejerce en los
individuos y es diferente en cada uno de ellos, aun cuando influyan
motivaciones externas semejantes o únicas. No se consideran cambios societarios
unificados y simultáneos, sino cambios inspirados por pequeños grupos de
personas o por una sola.
8.
La noción de convivencia se enfrenta a la de sociedad. El análisis
desecha la idea de una sociedad con voluntad propia, es decir, duda de que
pueda haber una voluntad general unánime o mayoritaria que nazca
espontáneamente de la convivencia. Si "la sociedad piensa" es porque
piensan los individuos; la sociedad no tiene mente ni cerebro, y responde en
tanto responden los individuos. Piensa y actúa de acuerdo con el pensamiento y
las conductas de personas, incluso de unas pocas o de una sola voluntad que se
impone a todas las demás.
¿Cómo
se trasmite la voluntad individual a la voluntad general? Esta pregunta se
responde de la misma manera que se responde la pregunta por el poder. ¿En dónde
reside el poder real, el que define el destino de todos o de las mayorías? Existen
fuentes particulares que generan pensamiento práctico y que sugieren ideas, soluciones,
conductas, preferencias, gustos, caminos para los sectores de la sociedad que
no tienen aspiraciones especiales o que viven en la contemplación de los demás.
Se trate de la cultura que sea, no existe una modalidad de convivencia que no
haya sido implantada por unos pocos.
La
presumible autonomía cultural de los pueblos, de las naciones, de los países, de
las minorías, es una fantasía creada por la tradición y que a veces ayuda a acarrear
el desarrollo y el bienestar y a veces el estancamiento y la miseria. Eso no
quiere decir que las costumbres, hábitos y preferencias no puedan alcanzar un grado
de generalidad considerado como característico, popular y distintivo. Al
generalizarse ciertas prácticas, creencias, tradiciones por ósmosis o
imitación, también por modas e incluso mediante penetración subliminal, parece
confirmarse una especie de leyes sociológicas que habitualmente se toman como leyes
de la cultura.
Pero
la cultura tiene formas predeterminadas sólo en el nivel de las distinciones
antropológicas: en el nivel de las etnias, de las zonas geográficas y de las
épocas históricas. Pero no las tiene en tanto cultivo de ideales que nunca se
consolidan del todo y que funcionan como grandes propulsores del pensamiento y
del trabajo, y como cauces de los sentimientos superiores como el amor, la
amistad, la ayuda mutua, la moral y la religión
9.
La fuente principal del proceso que conduce a la completa formación de la
persona es la experiencia, no la obra del intelecto y de los
sentimientos, aunque también participen en algunas instancias de esa formación.
Interviene una clase especial de asociación entre los actos del hombre y la
adversidad que desafía a esos actos. La educación y los aprendizajes por vía
externa no tienen peso en la progresión de la personalidad si no la revalidan
las vivencias o contactos únicos de los contenidos con la intimidad personal.
Cada
individuo procesa los aprendizajes de diferente manera, y esta característica configura
la diversidad social. Conspirar contra ella, como resulta cuando se insiste en
la igualación cultural o unificación de gustos y preferencias, es conspirar
contra las bases reales de la cultura general. La sociedad no es culta o
inculta. lo es el individuo humano. Las conductas sociales son sólo síntesis
caóticas de las experiencias personales en conflicto, desviaciones y abandonos
de lo que con otra suerte pudo conducir a los caminos individuales libres y
progresivos. Las conductas meramente sociales, las más de las veces, caen en la
destrucción o en la disolución progresiva si no hay una minoría o un individuo
que las evite interviniendo con decisión.
Esta
diferencia entre lo social y lo individual, el conflicto entre lo colectivo y
lo personal, que particularmente caracteriza a la sociedad actual, no siempre se
presenta con claridad en la conciencia de las personas. Las aspiraciones no se
llevan bien con las realidades, porque las realidades se ven, son notorias, mientras
que las aspiraciones se dibujan informe y confusamente en la mente de los
individuos. Resulta, así, una conciencia que no sabe bien lo que quiere y una
sociedad que, al ritmo de la improvisación y los brincos, pierde pie y se hunde
en lo mismo de siempre y en la desidia, aunque se inquiete y se movilice, se
entretenga con nimiedades y goce del amor filial. El individuo renuncia a
asumir la autoría de sí mismo para adoptar la de una voluntad ajena a la cual
imita condescendientemente.
10.
El yo responde a una fuente externa y ajena de carácter objetivo, como responde
el cuerpo. Desaparece la mayor parte de diferencias entre lo subjetivo y el
mundo exterior. La subjetividad se comunica con lo real y sensible, no sólo con
las profundidades de una intimidad que sólo conoce por sus tinieblas, por los
misterios en las profundidades de un interior insondable que responde sólo a la
ilusión y la fantasía. Se trata de un nuevo yo descubierto por la filosofía
contemporánea, del que enseguida hablaremos. Una dimensión del interior humano
que se distingue de la mismidad, del yo mismo o yo consciente. En la teoría
vécica el yo abandona su histórica representación, según la cual se parece a un
embudo que hunde su vértice cónico en las profundidades de la subjetividad,
para adoptar la forma hiperboloide, con una ventana hacia el mundo objetivo
externo ya vivido, el mismo al que da el conocimiento objetivo, y otra que da
al presente vivo y real. Ninguna que se pierda en la noche de la conciencia, en
las antípodas de la razón y el faro del fin del mundo de la imaginación
fantástica.
11.
La trayectividad. El tránsito desde el yo a lo externo, y desde lo
externo a lo interno, consiste en el único objeto teórico asociable a un objeto
neurológico. Pues se puede asociar al saber personal, el saber que sirve a la
persona en las lides prácticas y cotidianas, sencillas y caseras o laborales.
Este tránsito viene a regular las intervenciones de la razón objetiva y de la
imaginación, es decir, a regular las funciones objetiva y subjetiva del
conocimiento. Con lo que se pode fin a la distinción entre conocimiento
objetivo e intuición o conocimiento subjetivo. Subjetividad, pues, objetividad
también, pero especialmente trayectividad, regulación entre esas dos puertas
que se abren o cierran según lo requiera la circunstancia práctica.
12.
La analítica vécica se ocupa de una realidad que radica en la vez, no en
el instante y el momento. ¿Qué es la vez en la teoría vécica? Es el acto de
creación por el cual la actividad personal reacciona autónomamente ante un
problema, con la posibilidad de convertirlo en un beneficio. La conversión de
adversidad en felicidad, de lo inconveniente en conveniente. El dar con una
solución que conduce a una obra, a un descubrimiento o a una revelación.
La vez no es momento ni lugar, y apenas es circunstancia. La circunstancia se compone de espacio y tiempo, mientras que la vez se pierde entre estas categorías, en las infinitas acciones que la persona realiza en la vida entera con el fin de dar curso libre a sus propósitos, evitando o modificando el obstáculo que los interfiere. La vez construye en el vacío, aprovecha los impedimentos, los trastornos, los inconvenientes, los conflictos, todo lo que se opone a la vida, para construir a partir de las desventajas las ventajas, de lo imposible lo posible. La vez da lugar a la teoría vécica o análisis vécico de la individualidad humana.
YOIDAD
En sus connotaciones
antropológicas, el concepto de tiempo es relativamente reciente. El mismo
concepto de historia es relativamente reciente: "alcanzó su madurez en la
obra de Vico y de Herder. Cuando el hombre empezó a darse cuenta del problema
del tiempo, cuando ya no se hallaba confinado en el estrecho círculo de sus
deseos y necesidades inmediatas, cuando empezó a inquirir el origen de las
cosas, no pudo encontrar más que un origen mítico y no el histórico." (Cassirer,
316)
El
tiempo verdadero no es cualquier tiempo en el que podamos ubicarnos, sino el
que significa algo para nosotros. Y la significación es independiente de los
almanaques y de los relojes, es decir, del movimiento del Sol y de la Tierra. Tiene
que ver, más bien, con nuestros desvelos, aspiraciones profundas, con las
luchas disputadas para satisfacerlas. No existe el pasado para las verdaderas
realidades, aquellas en las que se decide el destino personal, el de la vida
sobre la cual no influyen mayormente las ayudas externas ni la suerte
desbocada. Sólo existe para los hechos cualesquiera, los que nada tienen que
ver con nuestra historia de vida.
Somos
una realidad que no conoce pasados ni futuros, y para la que el presente es
todo lo que hay. No sabemos de una realidad con divisiones, unas vividas pero
inexistentes, y otras por venir, pero desconocidas. Esas realidades con cortes
son la verdadera fantasía, la ilusión, la imagen con la que el aire enrarecido
por el calor del desierto nos engaña, el viejo espejismo del cual no podemos
deshacernos, incrustado en los ojos por milenios.
Sólo
somos conciencia, realidad consciente, sea lo que fuere el mundo, el planeta,
el universo. Cada elemento de la realidad se manifiesta como puede, comparece
según cuadre a sus posibilidades, de las cosas, de las plantas, de los
animales, del aire o del agua. En nosotros funciona la conciencia de un estar
dinámico que parece tiempo y es cambio permanente, transformación infinitesimal,
imperceptible y en general involuntaria.
Es
más que memoria, más que recuerdos, algo que recuerda la yoidad (Ricoeur,
2006, Segundo estudio), en contraposición con la mismidad del yo. Que se podría
parecer a lo en sí mismo, distinto a lo mismo. Es el paso de lo
otro y del otro en la más profunda intimidad, la huella de la sensibilidad ante
el otro yo y ante lo demás (Ricoeur, 1996, cap. 5). No su recuerdo sino la
ética de su recuerdo, el testimonio que ha ocupado y ocupa un lugar en la
conciencia actual y en la de un siempre sin tiempo en la que el otro y las
otras cosas y seres viven y se desempeñan, la única división de tiempo que
existe: ésta.
Se
trata de la identidad como ipse o "sí mismo", que Ricoeur encuentra
patente en la promesa. En la promesa está lo que permanece por encima de todo
cambio. Dice el filósofo que se trata del carácter, pero es algo más, pues el
carácter es más o menos fijo, más o menos estable; pero nosotros no somos algo fijo.
Más bien somos promesa, algo que se mantiene sobre los cambios o yoidad. La
historia personal, que sólo se traduce en narración o relato, suministra el
sentido que nos identifica y comunica con nosotros mismos.
Veamos
otra vía por la que es posible vislumbrar esta yoidad en el pleno campo del
pensamiento filosófico.
La filosofía ocupa dos grandes partes de
los libros dedicados a ella o a reflexionar sobre diferentes temas y problemas.
Una, que pertenece al campo de la memoria y es la más extensa, es de carácter
informativo, de sustentación como confirmación o refutación, con antecedentes y
consecuentes, que ubica a la obra en el marco teórico, en la bibliografía, etcétera.
Otra, que es sumamente breve, pertenece a la yoidad, a la otra cara del ser
filosófico, a la subjetividad del filósofo, a lo que tiene para decir en tanto fue
forjado por la experiencia filosófica, la que abarca su experiencia de vida. Una
larga parte de natación y otra parte breve de buceo, por decir así.
La
parte de buceo es prometedora, como lo es la promesa de Ricoeur. Es un decir
hipotético-deductivo, vicisitudinario, cultural. En esa parte comparece el yo
del filósofo cuya escritura dibuja la presencia filosófica, no sólo la del
escritor. Se diría que esa parte consagra la presentización, no sólo la presencia
intelectual. Consagra el acto por el cual se comprometen las reflexiones, esto
es, el compromiso y no sólo las reflexiones. La parte que se puede resumir en
dos líneas y que carga con todo el peso del pensamiento. Es el peso del hombre
invisible, la carga con la que se hace quien franquea las fronteras de la visibilidad
espaciotemporal. En otras palabras se puede decir que la persona como presencia
no es mucho, pero lo es como presentización, como acto mediante el cual se
realiza la presencia.
Esa
persona invisible es Hércules en pequeño, Sísifo diminuto, Antígona desafiando pequeñas
leyes omnipotentes porque cree en otras piadosas que se probaron en la
experiencia, y que son verdaderamente más grandes. Pues bien, la parte pequeña
de los tratados de filosofía es la que surge hercúleamente de los filósofos, y
la hercúlea surge de la yoidad de algunas personas. Sólo falta decir que la yoidad, si no es la vecidad, la misma
vicisitud de la vida, es lo que resulta de ella, el elemento último que, en la
puridad del ser, es el primero.
INVISIBILIDAD RADICAL
Se toma conciencia de esa
realidad personal después de recorrerla sin descanso y descubrir su inmensidad
infinita, sus innumerables problemas, inconvenientes y misterios. De una manera
parecida estamos descubriendo hoy la inmensidad del universo. No tanto por su
tamaño, cada vez más grande, sino más bien por todo lo que se descubre en él
como adverso para la vida. Los espacios supuestamente vacíos entre estrellas y
galaxias son hoy gigantescas vasijas llenas de sorpresas, inconmensurables
recipientes, sin relación posible con los de la Tierra y el Sistema Solar. Son
dimensiones inconmensurables rotuladas de diversidad de peligros inevitables
para cualquier género de vida, insuperables para la más desarrollada de las
tecnologías astronáuticas actuales. Ingentes cuencos cósmicos poblados de radiación,
polvo de estrellas muertas, piedras provenientes de explosiones y choques
siderales, partículas infinitamente pequeñas capaces de atravesar el más seguro
traje de protección o blindaje aeronáutico conocido.
Todo
lo que converge en una sola noción si se quiere aterradora: que no vemos la
esencia, la realidad que en realidad importa, la que nos impide habitar
cómodamente este mar de estrellas en el que nos tocó un apartado y diminuto
rincón en la constelación de los humanos. Pero la aterradora conciencia de lo
que somos y de dónde estamos no es de ahora, no se ha activado sólo en nuestra
época, prueba, una más, de que el tiempo no importa:
"Cuando
observáis con vuestros ojos al hombre, al hombre visible, ¿qué buscáis? El
hombre invisible […] Consideráis sus escritos, sus obras de arte, sus empresas
mercantiles o políticas: así medís el alcance y los límites de su inteligencia,
de su inventiva y de su sangra fría […] Todas estas cosas externas no son sino
avenidas que va a dar en un punto central, y sólo por alcanzar éste recorréis
aquellas. En tal centro se encuentra el hombre verdadero, es decir, el grupo de
facultades y sentimientos que producen todo lo demás. He aquí un mundo nuevo,
un mundo infinito, pues cada acción visible arrastra tras de sí una serie
infinita de razonamientos, de emociones, de sensaciones antiguar o recientes
que han contribuido a levantarla hasta la luz y que, parecidas a grandes rocas
profundamente hundidas en el suelo, alcanzan en ella su culminación y su
afloramiento." (Taine, 31)
Esto
nos lleva directamente a la elucidación de una última guía sincategoremática:
la invisibilidad. Se notará cuánto facilita Taine la comprensión de esta
guía del análisis vécico. Pues la condición que caracteriza a la realidad
verdadera, esencial, hundida en la profundidad del suelo humano, es de orden
individual. Y el orden individual, invisible.
¿Cómo
conocer esta realidad invisible, especialmente la del hombre invisible, la
realidad radicalmente humana? Porque se presenta la dificultad de que no hay
hombre igual a otro y que, para conocerlo debidamente, "habría que
escribir un capítulo de análisis íntimo, y apenas si se ha llegado hoy a
esbozar ese trabajo" (Taine, 64). Y Taine escribe en 1864. ¡Qué habría que
escribir hoy!
REFERENCIAS
CASSIRER, Ernst (1945). Antropología filosófica, Madrid, FCE.
RICOEUR, Paul (2006). Caminos de
reconocimiento, México, FCE.
RICOEUR, Paul (1996). Sí mismo como otro,
Madrid, Siglo XXI.
TAINE, Hyppolite (1955). Introducción a la
historia de la literatura inglesa, Buenos Aires, Aguilar.

